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Determinados lugares y organismos de la ciudad brindaban de modo extraordinario una cascada de abundancia y riqueza: el puerto, la Aduana, las Gradas o las alcaicerías. Conocidos son los testimonios de los espectaculares desembarcos de metales preciosos; celebérrimas son las preciadas mercancías que desfilaban por las aduana; pregonadas mil veces han sido los productos que se ofrecían en las Gradas, y no menos conocido y deslumbrante es “lo bueno y curioso” que se encerraba y vendía en las alcaicerías procedentes de Francia, Inglaterra Bretaña, Indias de Portugal, Norte de Europa (sedas, telas, paños, brocados, platería, objetos de oro, perlas, piedras preciosas, esmaltes, coral cristal).

El número de telares, el prestigio del gremio y las consignaciones de las exportaciones eran una clara prueba de la gran cantidad y calidad de telas que se generaban en Sevilla. En el siglo XVI se refleja en la presencia de una Alcaicería de la seda que, en la ciudad del Guadalquivir se encontraba en los alrededores de la Catedral.

El gremio sedero tenía una estrecha relación con el de los bordadores, tintoreros, toqueros, etc. Sus talleres se extendieron por toda la ciudad de Sevilla hasta llegar a la cifra de unos 3000 telares y 30000 artesanos. Esta industria se estableció principalmente en los alrededores de San Juan de Hacer, Santa Lucía, Santa Marian, San Julián, San Gil e, incluso, en la Feria.