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En el siglo XVI había dos motivos por los que una persona podía ser esclavo: la guerra y el nacimiento. Tras la Reconquista de los Reyes Católicos y el descubrimiento del Nuevo Mundo este grupo no hacía más que crecer, sobre todo en las ciudades con mayor flujo comercial.

Las fuertes relaciones económicas entre Castilla y Génova y la hegemonía de la Corona en el siglo XV hicieron que los habitantes de ambos países se encargaran del tráfico de esclavos. Factores como los nuevos hallazgos geográficos, la construcción de los Estado-nación, el cierto agotamiento del Mediterráneo y la necesidad de metales preciosos y plantas exóticas del Nuevo Mundo fomentaron la circulación de estas personas.

Procedentes de la guerra con el Norte de África, los portugueses se unieron a españoles en sus expediciones a la costa occidental africana a través de las islas del Atlántico (como las Canarias) y adquirieron el monopolio del comercio de esclavos procedentes de este continente. También existían esclavos moriscos procedentes de la guerra de las Alpujarras. Los esclavos musulmanes tenían un mayor prestigio, por ser miembros destacados del gremio de artesanos de la seda, curtidores y esparteros.

Esclavos en SevillaEditar

La importancia del Puerto de Sevilla a nivel comercial también se reflejaba en el tráfico de esclavos. Su número en la ciudad del Guadalquivir fue tan elevado que llegaron a convertirse en un 10% de la población hispalense. Se calcula que en la Sevilla del siglo XVI había más de 120.000 habitantes y unos 12.000 eran esclavos. La gran mayoría de estas personas llegaban a Castilla y desembarcaban en el puerto de las Muelas de Sevilla. Desde allí eran desplazados para su venta a las Gradas de la Catedral y la Plaza de San Francisco.

Sin embargo, el trabajo del esclavo en Sevilla no solía ser excesivamente duro, pues se compraban más como signo de prestigio que por necesidad de contar con mano de obra. De hecho, no era distintivo solo de figuras de poder o de mercaderes; el clero y los artesanos tenían sus propios esclavos.

Eran marcados con una S y un clavo o con el nombre del propietario y se tasaban según su fuerza, juventud y belleza. Los más valorados y mejor cotizados eran los más jóvenes y de buena salud, ya que podrían desempeñar un buen trabajo físico. Estas mujeres también eran las más apreciadas por su capacidad para realizar labores del hogar y su posible fertilidad. De hecho, las esclavas podían ser prostitutas si tenían el consentimiento de su dueño y si eran blancas de piel. Esto se debe a que la Medicina del Renacimiento temía el conmixtio sanguinis, es decir, una mezclas de sangre en la que se creía que resultaría vencedora la que fuera impura.

Normalmente, los esclavos vivían en casa de sus dueños como parte de la familia y tenían una buena relación con sus propietarios. Cuando esto ocurría, el dueño solía concederle su libertad a su fallecimiento, a través de su testamento o con una carta de ahorría firmada por un escribano. Los que vivían aparte habitaban en barrios humildes y pequeñas casas y convivían con moriscos, pobres y malhechores.

Era frecuente que alcanzaran la libertad tras ciertos años de servicio, lo cual no les garantizaba tener una buena calidad de vida. Para conseguir su autonomía, guardaban durante toda su vida el dinero necesario, la llamada “carta de ahorría” (origen del término actual “ahorro”).