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Sevilla contó en el siglo XVI con notables talleres de impresores y con abundantes libreros. Los tratadistas nos mencionan a Jacobo Cromberger, que trabajaba sólo o unido a L. Polono y del cual arranca una trascendental dinastía que dará prestigio universal al arte de la imprenta hispalense.

A Juan Cromberger, hijo de Jacobo, le cupo el mérito de enviar desde su taller en la calle de la Imprenta, luego de la Taberna de los Pajaritos (hoy Pajaritos) la primera al Nuevo Mundo en 1539. El primer Cromemberg con Lanzalao Polono editó el Libro de Marco Polo en versión castellana de Maese Rodrigo Fernández de Santaella (fundador de la Universidad de Sevilla); y Robertis fue el editor de la obra del conocido médico Nicolás de Monardes, descendiente de familia vinculada al negocio librero. Muchos de los impresores compartieron este oficio con el de librero, aunque por lo general el librero y el mercader de libros tenían su propio ámbito. El inventario que se realiza a la muerte de Nicolás de Monardes nos permite valorar el contenido de una librería de entonces. Tenía en sus anaqueles 1430 volúmenes, en su mayoría libros representados por un solo ejemplar, junto con títulos repetidos que eran, sin duda, los más solicitados: Vocabulario y Epístolas de Alonso de Palencia, Aranceles, Breviarios sevillanos, Ordenanzas de los escribanos, obras de Pedro Mártir de Anglería, etc.

Tanto los impresores como los libreros movilizaban un corto número de empleados y técnicos. Existen contratos referidos a muchachos y jóvenes que entran de aprendices en el dar el tinte o manejar el torno, a cambiose la comida, bebidas, casa, cama y ocho reales mensuales. Al igual que hoy, esta industria llevada antaño por pocos hombres, se expresaba en una gran producción. Basta con examinar los contratos de aprovisionamiento de papel y comprobar el índice de algunas ediciones. para valora la cuantía de ejemplares salidos de estos modestos talleres.

Pedro Mártir de Anglería, el doctor Álvarez Chanca compañero de Colón en el segundo viaje, Erasmo, Nicolás de Monardes, numerosos cronistas del Perú, Las Casas, Nebrija, Diego de San Pedro, Iñigo López de Mendoza, Juan de Mena, Eneas Silvio Picolomini, Diego de Valera, Martín Fernández de Enciso, Hernán Cortés y casi todos los autores de obras sobre el arte y la técnica de la navegación de entonces (Martín Cortés, Pedro de Medina, Rafael Pardo de Figueroa, Rodrigo Zamora y Simón de Tovar) vieron editadas sus obras en las imprentas sevillanas.

El destino de los impresores era diverso, sin que faltara el engaño, pues se habla de bulas impresas fraudulentamente. Los libros no sólo se dedicaban al mercado local, sino a la exportación; vemos ya en 1512 embarca do su buena partida de cartillas para aprender a leer con destino a las Indias. Hay diócesis como la de Jaén que solicitan Breviarios y Bulas (10.000 en 1516); y los impresos salen para todo el país y Portugal. Un amplio abanico que denota una considerable difusión y distribución y demanda. La capital andaluza era el primer centro productor de libros de España, habiendo lanzado algunos talleres más de 400 títulos en la primera mitad del siglo XVI.

Varios de estos imprimidores fueron también poderosos comerciantes: Cromberger, Varela y Monardes. No importa su condición de extranjeros: se busca un tercero o gestionaba un permiso especial. El negocio debía de producir amplios beneficios puesto que al afán comercial se expande y abarca juros, censos, bancos tributos, casas, tierras, ganado y comercio. Varela llegó a ser ganadero, con hierro o marca propia. Esa apetencia de incorporar a su tarea artesanal estas otras mercantiles, originará la ruina de alguno que otro, aparte de quebraderos de cabeza por delicadas situaciones planteadas al actuar fuera de la ley por ser extranjeros.