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Sevilla esconde muchos tesoros no tan conocidos, y entre los más interesantes están las casas-palacio, recuerdos del glorioso pasado de la capital hispalense que en algunos casos han llegado hasta nuestros días prácticamente intactas. En esta ciudad el mejor Renacimiento se combinó con el Gótico y el Mudéjar en una armonía de estilos única en el mundo. En ese contexto se levantó la Casa de Salinas.

Situada en el área monumental del casco Antiguo de Sevilla, a dos pasos de la catedral, La Giralda y Los reales Alcázares, esta casa compartió junto a otras mansiones un barrio de gente ilustre y acaudalada. Baltasar Jaén, primer propietario de la casa y fundador de mayorazgo propio, perteneció a uno de estos linajes.

El edificio data del siglo XVI, en pleno auge de la ciudad gracias al comercio con las Américas, cuando muchas otras casas son reformadas para dejarlas acorde con la importancia que estaba tomando la ciudad. Baltasar Jaén toma el espacio de varias casas y levanta su residencia privada con todos los lujos que eran posibles en el momento, como columnas de mármol de Carrara, ricos azulejos y yesería mudéjar de inspiración renacentista para los arcos y molduras.

Una de las zonas más bellas es sin duda el patio principal, rodeado de columnas importadas en su tiempo desde Génova en su planta baja. Sobre ellas resalta la yesería, con decoración del siglo XVI y que contiene elementos propios del Renacimiento español e italiano, que hacen del patio un lugar majestuoso. También hay que destacar los zócalos de azulejos de la poca y su bella fuente central.

Pero hay muchos más espacios remarcable en la Casa de Salinas, como el comedor de verano con su suelo de olambrillas y sus techos de madera. Diversas estancias disponen de techos con artesonados de madera policromada, y desde luego no hay que perderse la íntima belleza del segundo patio, no por su monumentalidad, sino por los distintos pequeños tesoros que en él se reparten, como la Virgen con el Niño o el mosaico proveniente de las ruinas de Itálica.

En los años treinta del siglo XX la familia Salinas comprará el edificio para establecer su residencia particular, llevándose a cabo nuevas reformas para adaptar el edificio a las necesidades de la familia que sigue residiendo en ella.