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El auge económico trajo a la ciudad una relajación de costumbres agudizada en la segunda mitad del siglo XVI. El caos, la corrupción, el fraude y las fricciones entre las autoridades eran habituales. Sevilla era la ciudad perfecta para el desarrollo de la delincuencia debido a su desgobierno y su variada y numerosa población. Para los rufianes y hampones Sevilla era Babilonia, o así lo llamaban en la lengua de la germanía, su peculiar idioma. La taberna era la ermita, el bando de tortura era el confesionario, ser ahorcado era casarse con la viuda, al dinero se le llamaba la sangre y a la bolsa de monedas la pelota.

Además de su jerga también tenían su propias normas y sus costumbres. Solían deambular por la Feria, Alameda, Arenal Atarazanas, Gradas, Corral o Patio de los Naranjos, puente, suburbios, gradas, murallas, bodegas, ventas, casas de juegos llamadas coimas o leoneras, casas de gulas o bodegones y mancebía, donde actuaban como proxenetas. Algunos de ellos además de delinquir, se dedicaban a otras tareas eventuales dentro de la ley, sobre todo en el comercio y en la industria.

La falta de trabajo, favorecida por el sistema de flotas que alternaba periodos de mucha actividad y de menor movimiento, propiciaba momentos de mayor movimiento delictivo. Los desocupados se dedicaban a vender mercancías de modo ilegal, ya fueran objetos robados o productos adulterados. Había diferentes tipos de pícaros: "de cocina" o ayudantes de cocinero, "de costa" o merodeadores de puertos y "de jabega" o timadores. El origen del pícaro parece estar en el oficio de esportillero, que aprovechaba el transporte de los productos en espuertas para robar parte de la mercancía.