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La lentitud de los medios de transporte y la necesidad de encontrar lugares para pernoctar hicieron que se crearan establecimientos para los viajeros. Si los desplazamientos eran oficiales, eclesiásticos o reales, o los viajeros personas de linaje, éstos podían alojarse en palacios o casas de la nobleza. Pero el resto residía en mesones o posadas.

Para abrir una posada era necesaria la autorización del Cabildo que inspeccionaba el funcionamiento de las instalaciones. Había que cumplir una serie de exigencias, como tener buena reputación o disponer de un buen personal de servicio. Si había alguna sospecha de las intenciones de un huésped era necesario denunciarlo a la autoridad.

Los precios de alojamientos estaban fuertemente regulados para evitar los abusos. Los viajeros tenían que estar informados de las tarifas, que aparecían expuestas en hostales y mesones. La vigilancia la realizaban los alguaciles y veedores (vigilantes).

Las sábanas y las camas debían estar siempre limpias, al igual que las caballerizas. No se podían tener gallinas y cerdos, para evitar que transmitieran enfermedades a los humanos. Los viajeros podían comprar en las posadas paja y cebada, las únicas provisiones que se le permitía vender en el hostal.