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Pese a que en un campo tan connatural al ser humano como es el sexo, las experiencias han variado poco con respecto a la actualidad; sí es cierto que las prácticas que se llevaban a cabo en el siglo XVI eran diferentes.

La percepción de las mancebías o prostíbulos también lo era: estaba mucho peor visto que un hombre se acostara con una mujer casada, un hombre o una religiosa que con una mujer soltera que se dedicaba a la prostitución. Se entendía, por tanto, que estas prácticas sexuales eran un seguro para evitar pervertir las costumbres o fomentar desórdenes sexuales.

Pese a que el único lugar en el que se podía llevar a cabo el ejercicio de la prostitución era la mancebía, este se realizaba en las esquinas y los recovecos de la ciudad.

El matrimonio tampoco tenía la percepción romántica actual, que es propia de mediados del siglo XVIII, sino que se entendía como un acuerdo entre familiares, un pacto que buscaba el orden y la convivencia entre personas. Por eso era tan importante una buena gestión de este vínculo y se entendía la prostitución como una necesidad social para evitar la lujuria.

Los métodos anticonceptivos eran muy diversos y de eficacias diferentes. Se preparaban ungüentos y brebajes, se realizaban conjuros y se realizaban preservativos a partir de intestinos de animales.

Los juguetes sexuales también eran comunes, sobre todo los consoladores de madera. Estos instrumentos no estaban bien vistos y eran frecuentes, sobre todo, en las cárceles. Las prostitutas solían acudir a la prisión de Sevilla y pasar las noches con presos.

Uno de los pecados sexuales más relevantes era el de solicitación. Este se producía cuando un sacerdote aprovechaba la intimidad de la confesión para requerir sexualmente a una feligresa. Era perseguido por los obispos hasta 1561, cuando comenzó a ser trabajo de una Inquisición que trataba de mejorar la imagen de la Iglesia. A estas medidas se le sumó la creación del confesionario para evitar el contacto directo con la confesada.

La homosexualidad era otro de los mayores delitos a ojos de la Inquisición y era conocido como pecado nefando. Una persona que hubiera cometido la sodomía se percibía como alguien antinatural que debía arder en la hoguera.