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Si durante el Renacimiento, tanto el desarrollo de la óptica como el del arte del retrato afectaron a la actitud con las que se contempló a la cosmética, fueron los atributos personales de las mujeres que utilizaban el maquillaje las que crearon su demanda entre las clases altas. Aunque el clero clamaba contra el exceso en el vestir y en la forma de acicalarse a lo largo del siglo XVI, más aún tras las pragmáticas aprobadas en el Concilio de Trento y su espíritu contrarreformista.

Resulta interesante comprobar que, pese a que las bases del la ornamentación y la utilización de pinturas personales se fundamentan en esta época, existían notables diferencias en la concepción que tenían los habitantes de la ciudad de Sevilla (y por ende, de toda Europa).

Sirva como muestra el terror que presentaban las damas de la nobleza y la alta burguesía ante la posibilidad de tener pecas, las cuales se consideraban tan monstruosas como las verrugas, y que se ridiculizaban de un modo absurdo en un período en el que las marcas en la cara por enfermedad eran tan comunes.

Desde la Edad Media el uso de cosméticos quedaba restringido a las mujeres distinguidas por su nacimiento, de manera que quedaban exentas de la condena por parte de la Iglesia. Isabel de Bavaria, por ejemplo, que floreció a finales del siglo XIV y que llegó a convertirse en reina de Francia, fue notoriamente extravagante en su deseo de embellecerse. Como Cleopatra, se bañaba en leche de burra. Debió ser una de las primeras fanáticas de las técnicas de adelgazamiento, ya que se pasaba horas en el sudadero, después de lo cual se le aplicaba un tratamiento de ventosas. Su loción corporal constaba de cerebro de jabalí, glándulas de cocodrilo y sangre de lobos. Se trataba de una época donde las cremas y lociones, en un gran número de ocasiones, se asociaban a la brujería. La mayoría de estos ungüentos eran administrados por extrañas ancianas y debían ser aplicados con ciertos conjuros.

En las cortes europeas del siglo XV y XVI era recurrente la figura de la belleza masculina; de hecho, los reyes de Francia en Inglaterra poseían rasgos femeninos que conseguían mediante una multitud de cosméticos. Mientras que una gran parte de las damas de la aristocracia dudaban acerca del uso del maquillaje, Enrique III de Francia (1574-1589) tenía un pendiente y se iba a la cama con una mascarilla de harina y clara de huevo que se aclaraba con una esponja empapada de agua de perifollo (algo que nos recuerda claramente a Luis de Zúñiga en La Peste). Y no solo se maquillaba el rostro con los correspondientes colores blanco y carmín, sino que se depilaba las cejas y se recogía el pelo con un falso moño. Sus jóvenes sirvientes lucían parches de belleza con forma de flores y animales. Bajo su égida, incluso los hombres más viriles utilizaron lociones para la piel, colorete y perfume.

Cuando se abrieron las rutas comerciales a la India, los europeos tuvieron acceso a una plétora de nuevas fragancias que se convirtieron en la principal mercancía para las damas respetables de la nobleza y la alta burguesía, así como para las meretrices. Los olores agradables se habían introducido como la panacea frente al hedor universal.