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Las principales tabernas de Sevilla se concentraban en la zona del Arenal, es decir, de los alrededores del Puerto y en los arrabales extramuros de Cestería y Carretería, puesto que allí aguardaban los marineros y los estibadores la llegada de las naves y los comerciantes realizaban sus tratos. No obstante, en casi todas las colaciones de la ciudad existía algún mesón, tasca, fonda o casa de gula que ofrecía hospedería y vino a los residentes y los recién llegados. La disposición de estas tabernas solía ser siempre la misma: un hogar o cocina central que aclimataba el lugar y una serie de mesas con bancos corridos y ausencia (claro está) de barra. El propietario solía ayudarse de mozas jóvenes que no encontraban acomodo en alguna casa donde servir. Las tascas o mesones eran lugar de concurrencia de la picaresca local así como de aquellas hetairas que no podían o no querían ejercer su oficio dentro de la Mancebía.

El vino solía servirse en jarras de barro de azumbre (medida equivalente a dos litros aproximadamente), medio azumbre o cuartillo (la cuarta parte de azumbre) y normalmente se rebajaba con agua. Además del barro los recipientes podían ser de peltre, plata o vidrio, pero estos elementos eran más caros y se reservaban a las clases nobles. Algunos establecimientos disponían de caballerizas y las ventas o fondas de habitaciones en los pisos altos. El pozo era también lugar común. Los vinos de la Sierra Norte, especialmente los de localidades como Cazalla o Almadén de la Plata eran bastante apreciados, así como los de la zona de Jerez y el Condado, en Huelva. El aguardiente también se conocía.

Junto a estas bebidas existía algún tipo de refresco favorecido por la utilización de nieve y hielo que se conservaba en pozos y que se traía de las zonas de la Sierra. Con ello se preparaban la aloja, mezcla de agua especiada y miel; y el hipocrás, vino azucarado y especiado. Ambas bebidas se servían bien frías.

Desde el siglo XVI mesones, posadas y tabernas debían cumplir ciertas normas; como la ley que prohibía servir vino si no era de buena calidad aunque podemos figurarnos del caso que harían la mayor parte de los propietarios a semejante ley, pues ni siquiera proporcionaban el aceite, la sal y el vinagre, artículos que los mesoneros estaban obligados a proporcionar pues se incluían en el precio según mandaban las ordenanzas de 1560 cuando Felipe II mandó que los mesones, posadas y ventas debían disponer de lo necesario para que los viajeros se vieran satisfecho, sobre todo en la comida y no tuvieran que apañárselas por su cuenta y riesgo fuera del albergue.

Era bastante común que las tabernas y tascas tuvieran en su fachada una tabla o rótulos indicando su nombre o alguna figura que las identificara: un caballo, una herradura, etc. Era responsabilidad del propietario mantener esta señal bien visible y en buen estado.

En la antigua calle de Bayona, próxima a las Gradas, tuvo su posada Tomás Gutiérrez, donde residió por un tiempo su amigo Miguel de Cervantes, lugar donde se solía reunir las gentes de las letras y las artes.